Vietnam - Vivir la propia muerte

Este año varias de nosotras hemos sido llamadas a acompañar a tres personas en el gran momento de su Paso al Padre: el Sr. S. y la señorita V., personas de la parroquia; la hermana mayor de Hna. Hiên durante su última semana en el hospital. Hiên comparte lo que la ha ayudado a vivir este gran sufrimiento como una gracia… Colette comparte su encuentro con el Sr. S. en sus últimos días.

El 27 de diciembre último me enteré de la enfermedad incurable de mi hermana: leucemia. Conmocionada y dolorida por mí misma y por mi familia (ella tiene todavía un hijo de cuatro años), marché al día siguiente para visitarla en el hospital. No podía retener las lágrimas: no la reconocí ¡Tanto había cambiado su cuerpo! Hablaba tan bajo que tuve que estar muy atenta para oírla; a pesar de eso pudimos hablar mucho durante esa semana. Me mostró sus manos y su rostro: una transfusión de la que se ignora el contenido, provocó al día siguiente los cambios en ella. Y añadió: “Perdónales”. Me confió muchas cosas: sus proyectos (Ej. pensaba venir a mis votos perpetuos; me dijo que en caso de morir pedirá al Señor, que yo pueda estar con ella!), los deseos para sus hijos, sus compromisos solidarios… También pudimos rezar juntas.
 
Durante este tiempo, en el que he estado con ella pensé a menudo que tengo para con ella un doble rol, el de hermana pequeña de sangre (Em) que cuida a su hermana mayor (Chi) y el de Hermanita de la Asunción que vive así su misión. Estoy contenla de poder vivir esto, de tener un carisma que me permite asumir este rol de cuidadora en mi familia. Podré vivir en mi familia el Evangelio con los matices de nuestro carisma.
 
En el hospital había una ONG budista que servía las comidas a las personas encamadas y a los acompañantes. Yo hacía cola como todo este mundo y me gustaba estar en medio de ellos; contemplando sus rostros reconocía el de Jesucristo en su sufrimiento y en su bondad, su ternura y mansedumbre.
Pensaba en todas las Hermanitas que han vivido así el servicio a los enfermos. Pensaba en Colette y en Diêp acompañando al Sr. S.; lo que ellas nos habían compartido de su vida y de sus sufrimientos, su manera de estar con él, me emocionó y era feliz pensando que el final de su vida fuera aliviado por los cuidados y atenciones de todos aquellos y aquellas que le rodeaban: su familia, nuestras jóvenes, Colette y Diêp… Doy gracias a nuestros fundadores y a toda la Congregación que nos ha transmitido esta manera de estar cercanas a las personas en necesidad y enfermas.
 
Después de esta experiencia con mi hermana en el hospital, creo que ya no me dará miedo cuidar a enfermos. Gracias a la Congregación que me permite, al hacer un servicio a las personas que lo necesitan, dar testimonio del amor de Dios que siento presente en mí y que me ha permitido vivir intensamente con mi hermana hasta su muerte.
 
Mi hermana murió el 1º de enero del 2015 a las 5 horas de la mañana, ¡Ella me había hablado 10 minutos antes!
Thi Hiên

 
Cuando fui a visitar por primera vez a esta familia, ahora hará cerca de dos años, el papá estaba ya enfermo. ¡El Sr.S.! Es una larga historia de penas y de gozos mezclados en una vida nada banal. Desde su origen, nacido en Vietnam, de padre francés de África del Norte y de madre china… hasta el fin de su vida… pasando por una conversión a lo San Pablo, ya padre de familia… todo marcado extrañamente por lo inédito. Fue en su camino del final de su vida cuando tuve la gracia de dar algunos pasos con él, algunos pasos de los que aprendí mucho, no solamente sobre las costumbres cristianas vietnamitas acerca de la muerte sino también respecto a la Vida.
 
Esta familia que el párroco nos pidió visitar y ayudar un poco, era conocida de él a causa de sus pruebas. El Sr. S. era militar. Contrajo una enfermedad por el dióxido ampliamente vertido en el país durante la guerra. Tuvo seis hijos de los cuales tres eran chicas. Una hija murió pequeña; sus hijos heredaron genes afectados por ese veneno. Uno de ellos murió con 26 años, otro está en silla de ruedas, la enfermedad está desarrollándose, el tercero, por el momento, goza de buena salud es fuerte y cuida de su hermano.
 
El Sr.S. es ahora amigo del párroco y un orante para sostener a este en su misión al servicio de la parroquia. A partir de la petición que el párroco nos hizo y de un entendimiento con la familia, dos jóvenes de nuestro hogar de Di An van una vez por semana a hacer un poco de limpieza y prodigar algunos cuidados al Sr. S. en ausencia de la Sra. S., a Estados Unidos, para cuidar a su hija pequeña mientras esta acaba sus estudios.
 
El estado del Sr.S. empeoró en el reciente último mes de julio; escaras profundas cubrían su cuerpo. Las jóvenes de nuestro hogar que iban cada semana a la familia, pidieron a Diêp que fuera a hacer las curas. Diêp me dijo enseguida que yo podría ir a visitarle. Así que fui una o dos veces antes de marchar al retiro de las jóvenes profesas. A mi vuelta, otras cosas me ocuparon hasta que la Señora S. (de vuelta a causa del estado de salud de su marido) me hizo decir que su marido deseaba que yo fuera a verle.
 
¿Qué pasó, pues, en nuestros encuentros? ¡Lo ignoro! Pero sé que después de este primer momento yo fui cada día, excepto dos o tres veces, a visitarle. Le daba a comer un poco de chocolate… alguna vez le hablaba en francés, que él no entendía, pero yo pensaba que así se remontaba a su más tierna infancia… 
 
Con el buen humor que él mantenía en sus sufrimientos, me convertí en la “hermana Sô-Cô-La”, ¡Incluso cuando ya no podía comer chocolate ni cualquier otra cosa!
 
Todavía estaba abierto a los demás y me preguntaba qué es lo haría “hoy”; quería también invitar a un amigo a que viniera a verle, pero había olvidado su número de teléfono… su mujer le decía “¿Para qué, qué es lo que le quieres decir?” a lo que respondía “¡ocúpate de lo tuyo!”. ¿Hubo transmisión de pensamiento? El amigo en cuestión vino a verle con su mujer algunos días más tarde… 
El Sr. S. quiso hacer “Nhau” con ellos (una especie de aperitivo en el que se va picando y bebiendo mientras se habla amigablemente) deseó cerveza y cecina, como es costumbre para el “nhau”; pero lo que él deseaba en ese momento no era ya acorde con lo que podía hacer realmente: no pudo tragar ni cerveza ni cecina… ¡Pero qué más da! ¡Había recibido a sus amigos!
 
Una vecina del barrio venía cada mañana a hacer las curas; una señora de la parroquia y otras señoras vecinas venían por la mañana y por la noche a orar con él las oraciones para prepararse a morir. Aquí, el que va a morir se prepara para el Gran Paso definitivo rodeado de la fraternidad humana y cristiana. Con él, su mujer hablaba cotidianamente de la Vida que le esperaba, del encuentro con María y Jesús, de sus hijos que iba a volver a ver, de sus sufrimientos unidos a los de “Duc Giêsu Kitô”… él lo acogía todo serenamente. Su mujer nos dijo que jamás, ni una sola vez, se había rebelado o había interrogado a Dios del porqué de sus sufrimientos. Y sin embargo no era un hombre de someterse; él sabía todavía decir a su mujer que ella hablaba demasiado cuando explicaba su vida, o sus vidas o bien hacía comentarios jocosos cuando el aprobaba lo que ella decía.
 
Un día se me impuso una certeza de camino a su casa: “Es Cristo quien sufre en él” Rechazaba las inyecciones que hubieran podido aliviarle porque su vida se hubiera acortado. Él, así lo decía, había prometido a María que soportaría tanto cuanto pudiera… Misterio de una vida… Así lo hizo hasta el final, sin inyecciones. Esto no es para mí un modelo a seguir, sino más bien “una obra rara”, “única” incluso, que se admira en silencio; sin comprender qué es lo que está sucediendo en la intimidad del otro; pero que uno respeta como una opción que no puedes dejar de considerar grande.
 
Otro día, una nueva llaga, al lado del pecho… Al día siguiente Diêp estaba conmigo y después de nuestra visita, antes de la misa, ante el crucifijo de la Iglesia, ella me pregunta si yo había visto la llaga del Crucificado… ¡Momento de comunión en el que lo esencial queda dicho con medias palabras!
 
Un domingo por la mañana, nos acoge con un “Buenos días” con un rostro iluminado por una sonrisa radiante. El sufrimiento había desaparecido del rostro, era un rostro transfigurado, luminoso el que teníamos ante nosotras. Esto fue el culmen de nuestros encuentros cotidianos en los que lo más corriente era estar frente a un gran cuerpo sufriente., eso era todo. Aquel día pensé que pudiera ser que él no hablara más, no importaba, había dejado transparentar lo esencial: la irradiación del Amor en una vida entregada a Cristo, vencedor de las tinieblas de la muerte. 
 
El domingo 7 de septiembre a las 10 de la mañana nos dejó; con el amor de su vida, su mujer, cerca de él.
 
La Señora S. nos pidió a Diêp y a mí, estar a su lado hasta la incineración de su esposo.
 
Fue para mí un descubrimiento la manera en que la familia vietnamita expresa su dolor cuando llega la separación definitiva. Quedé sorprendida por sus manifestaciones, cuando aquí habitualmente, los sentimientos permanecen casi siempre contenidos u ocultos. Me pregunto el porqué de esta costumbre: ¿La exteriorización de su sufrimiento, en los momentos de gran pena, permiten vivir el duelo con menos crudeza? 
 
Ha Colette
22/04/2015
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