Vietnam - primeros pasos de la comunidad en Di An

El 15 de octubre nos volvimos a reunir las cinco. Habíamos sido calurosamente acogidas por las jóvenes de nuestro hogar. Ellas nos permitieron aterrizar con calma puesto que durante quince días nos ofrecieron el cubierto tres veces diarias y la oración cotidiana.
Luego, queriendo respetar cada etapa de vida, nos organizamos para que el grupo “jóvenes” y el grupo “comunidad” mantuvieran su vida propia, con tiempos comunes (oración, comida juntas una vez por semana, eucaristía, fiestas).
Después la vida rápidamente se organizó a partir de los cursos de las hermanas estudiantes y de los diversos compromisos. Pensamos que cada una podría releer estos últimos meses y compartiros un poco el sabor del camino recorrido hasta aquí.
 
Hiên:
¡Ya está! Ya he recibido mi misión: volver al Vietnam. Es una bella aventura: nuevo ritmo de vida, nuevas actividades… He experimentado placer por estar con esta nueva comunidad. Marché de Francia con entusiasmo por volver al Vietnam, mi país, por instaurar una comunidad con Colette, Diep, Sau y Hoa.
Poco a poco durante estos cuatro meses en el Vietnam he redescubierto mi vida, mi cultura, nuestra política, nuestra economía, el comunismo del señor Cu Hô y la Iglesia viva y dinámica.
Mi formación me da la ocasión de profundizar la historia de mi país a través de la guerra, el comunismo, el señor Cu Hô, y estoy verdaderamente contenta. Tengo muchos amigos en clase que me hacen confianza. He descubierto en mí gran facilidad para estar con estos jóvenes de forma sencilla. Reconozco los aspectos positivos y felices de este compañerismo y también ciertos límites.
 
Me gusta vivir el proyecto comunitario, la relectura de vida. Nos permite tener una mirada sobre nosotras mismas y también proyectarla más allá; esto nos ayuda a crear lazos profundos entre nosotras y con otros. Orando juntas, trabajando, viviendo sencillamente en el corazón de la escuela maternal nos ayudamos a crecer en una nueva manera de ser Hermanita en comunidad y con otros.
 
Comprendí en Francia y ahora en Vietnam que la misión de nuestra Congregación nos regala estar atentas a todos aquellos y aquellas que sufren; ser amorosas y no violentas. Todos llevamos heridas interiores por eso podemos acercarnos a todas las personas que sufren, por nuestra manera de ser, por nuestra manera de estar cercanas.
 
En Di An hay muchos obreros. No estamos aquí para trabajar algunas horas diarias con ellos, pero venimos para compartir nuestras vidas con los que son pobres, con las familias en dificultad. Si, somos un mismo Cuerpo. Reconocemos la presencia de Dios en los que sufren, que están heridos por la vida y también en la miseria de los lugares donde nos comprometemos y a donde somos enviadas. 
 
Diep:
“Veré la bondad del Señor en la tierra de los vivos” dice el salmo.
Si, demos gracias al Señor que nos concede podernos maravillar ante sus favores para con sus hijos: 
  • En este segundo año de la maternal Anh Duong vemos que los padres se organizan y se implican en la animación de la escuela para bien de sus hijos.
  • El nacimiento de la comunidad; Dios ve que “no es bueno dejar a la persona sola, le hace falta ayuda…” Él nos ha creado a Colette, Hiên, Hoa, Sau, Diep para estar juntas en comunidad, para estar con El y en su misión en la tierra de los vivos.
  • En el servicio de acompañamiento de las jóvenes; a menudo ellas me dicen “Gracias por caminar con nosotras.” Me gusta responderles que avanzamos juntas ya que la vida que me comparten es una escuela para mí; es también un manantial de admiración ante lo que Dios hace en cada uno de nosotros. Poder ‘tocar’ la gracia con la que El nos colma y nos permite estar más cerca de Él día tras día y poder darnos a Él y a los demás en la Misión.
 
Sàu:
Después de cuatro meses de vida comunitaria en Di An siento que este es mi sitio… entre obreros, con niños y cerca de jóvenes. Con estudios y trabajos diferentes todas tenemos el mismo proyecto. Vivimos en confianza el compartir, la acogida y aprendemos a dar y a recibir. Recibimos fuerza y coraje para continuar y profundizar nuestra presencia misionera en esta tierra de Asia.
 
Por mi compromiso en la pastoral de jóvenes he recibido su dinamismo en las fiestas, el deporte. En los encuentros, los retiros, el compromiso con Caritas, en la visita a los enfermos admiro su fe. Su compartir en confianza me hace comprender sus necesidades… La confianza que recibo de ellos me da alegría.
 
Hoy por hoy mi misión son también mis estudios. Vivir sencillamente con los jóvenes estudiantes en formación me enseña otra manera de ser Hermanita en misión: vivir cercana a la gente, hacer el mismo trabajo que ellos, compartir gestos sencillos en lo cotidiano.
 
 
Colette:
“Yo hago nuevas todas las cosas…” Ap. 21 
 
Más que una simple invitación a la renovación, es una realidad en la que estoy sumergida cada día: tierra nueva, nuevo clima, nueva alimentación, nueva lengua, nuevos rostros, nuevo ritmo de vida, nuevas condiciones de vida, nueva forma de cocinar… ¡la lista está lejos de cerrarse! Esta cotidianidad muy concreta es para mí símbolo de la novedad a la que Cristo nos invita.
Intento estar plenamente presente al pueblo trabajador de Di An con el que camino, también a los jóvenes y a las hermanas con las que vivo.
 
Cuando voy a la compra: es para mí un momento privilegiado de encuentro.
A través de esta tarea de ir al mercado estoy con las personas que esperan a los clientes y a los clientes mismos. Me gusta este ambiente en el que uno se llama, se habla, en el que uno se ingenia para hacerse entender, en el que las sonrisas y los gestos acompañan un lenguaje desconocido para el otro. Me gusta este reconocimiento plasmado en los rostros cuando puedo decir cuatro palabras. Las personas que allí encuentro son personas abiertas, afables… Este gentío lleno de humanidad me hace pensar en aquel que seguía a Jesús: humanidad en espera.
 
Cuando voy a misa: tengo que ir más allá del lenguaje para sumergirme en lo que está pasando más allá de las palabras. No siempre estoy presente en la medida de lo que acontece, pero acojo a Aquel que viene aquí como en todo. A la salida reconozco con una sonrisa a quien quiere romper el silencio, las señoras fieles a la misa de cada día; sin comentar nuestras preocupaciones, yo sé con solo mirarlas que ellas cargan con el peso de la vida y el sufrimiento y que vienen allí a sacar la fuerza cotidiana que necesitan. También está el señor al que le gusta decirme “Buen día, hermana” en francés, tendiéndome la mano, y luego el pequeño Khoi, niño discapacitado, que se acerca a cogerme la mano con una ‘explosión’ de sonrisa… Y tantos otros que van siendo mis amigos en un intercambio de presencia.
 
Con los jóvenes: me llena de alegría la “relación como de vecina” con el grupo de jóvenes que aportan frescor y entusiasmo a nuestro camino común. Mis encuentros regulares con ellas les permiten progresar en el francés. Cuando podemos entendernos ¡es un verdadero júbilo! ¡Podrían, en cuanto a ellas, desesperar de mi lengua vietnamita! Pero son indulgentes y, fácilmente admira-das, me felicitan cuando la frase repetida es correcta. La voluntad y el gusto de aprender están a menudo en nuestras entrevistas y esto es fuente de dinamismo para mí.
 
En la comunidad soy la hermana mayor: ¡extraña novedad! Recibo la alegría de una, la disponibilidad de otra, la reflexión tranquila de una tercera, la confianza y el descubrimiento de la realidad del país y la historia de nuestra congregación aquí… y las costumbres y las maneras de hacer y la ayuda atenta y otras muchas cosas… También doy: lo que he recibido de la experiencia de vida. Y todo esto es para la Vida de cada una y de todas; creo con San Pablo que todo concurre al bien de aquellos y aquellas que aman a Dios.
 
Hoa :
Después de mi primera profesión religiosa en la Congregación de las Hermanitas de la Asunción, fui enviada con mis hermanas mayores a fundar una nueva comunidad en Vietnam. Aquí, en mi país natal, empieza mi primera misión religiosa apostólica. Y he aquí la respuesta: “Encomienda tu camino al Señor, confía en El, y El actuará.” SL. 37, 5 
 
“Ve con la fuerza que te anima, ¿No soy yo quien te envía?” Jueces, 6
Al tomar conciencia de que soy enviada por alguien, por la Congregación pero también por Dios, que es Él quien me envía a SU misión, recibo fuerza y libertad interior para avanzar.
 
Fundar una comunidad en misión, no es fácil, requiere muchas cosas: audacia, confianza, esfuerzo, humildad y disponibilidad.
Juntas, con mis hermanas mayores, nos ayudamos mutuamente, compartimos la alegría, las dificultades, las preocupaciones. Construimos un ambiente fraterno y orante y dialogamos para que cada una tenga su lugar en la comunidad y que al mismo tiempo esté a gusto en su actividad apostólica.
 
Los trabajos apostólicos empezados son muchos; de nosotras depende cómo proseguir el camino consolidando estos diferentes lugares: 
  • La maternal Anh Duong cuenta ahora con 150 niños, atendidos por un equipo de 12 personas: maestros, enfermeras y cocineras. 
  • Los tres hogares de discernimiento vocacional, por el momento parecen responder a una espera.
  • La farmacia, lugar de aprendizaje para las jóvenes con una futura perspectiva de autonomía financiera, requiere una inversión profesional. 
  • La acogida de algunos niños discapacitados, cada tarde, ha de reforzarse y mejorar nuestras posibilidades en cuanto a medios.
  • Un dispensario con permanencias de tres veces por semana ha de enraizarse mejor en el barrio. 
  • La participación en determinadas actividades parroquiales también forma parte de lo que se nos pide como cristianas.
Después de este compartir, lo que deseamos deciros no es una conclusión sino más bien una llamada. Continuad orando con nosotras a fin que permanezcamos vigilantes unidas para oír la voz del Señor y lo que esperan las personas con las que convivimos; que así podamos proseguir lo que ha sido emprendido en cada una, en comunidad y en misión para que venga Su reino. 
 
La comunidad de Di An