República Democrática del Congo - Campo de trabajo Mokili Ya Sika / Kinshasha 2013

Mokili ya Sika se ha abierto a la participación de las jóvenes de la Provincia Europa Sud/Africa a través de la Pastoral de Jóvenes. La distancia, el coste del viaje, la duración de la actividad (tres semanas completas), habría podido desanimar a la participación, sobre todo en el contexto de la actual crisis. Sin embargo, dos jóvenes españolas, Margarita y Ana Vicente, se han preparado a lo largo de todo el año, para poder venir a compartir con nosotras el trabajo y el gozo de servir. Cada una de ellas se ha arreglado para hacer economías a fin de pagarse el billete de avión. Ana, muy dotada para los trabajos manuales, a vendido bonitas muñecas que ha confeccionado, por encargo. Margarita forma parte del grupo de laicos “Tesoros Comunes” de Barcelona, y Ana Vicente, que nos cuenta su experiencia, es miembro del grupo de Evangelio animado por Lucía Uceda, Hermanita de la Asunción : 
 
Cuando me propusieron describir nuestra experiencia no me lo pensé y acepté sin darle más vueltas, ahora después de casi dos semanas en España aún me resulta difícil ponerle palabras a una experiencia tan increíble como ha sido nuestro mes en Kinshasa, en el Congo. 
Nada más volver la gente se empeñaba en preguntarme qué tal había ido, cómo habíamos estado, cómo era el país… entre tantas cosas el resumen era: “ Algo muy distinto: muy diferente a lo que tenemos aquí pero también muy diferente a lo que yo pensaba de allí.” ¿Cómo contar todo lo que allí había visto con el cariño que yo siento cada vez que recuerdo aquel mes? No sé por dónde empezar…
 Nada más llegar todo ya era distinto: era de noche, nos montamos en el coche de las hermanitas y comenzamos a marchar. Gente por las calles, mucha gente entre pequeños fuegos delante de las casas, entre los coches, entre la oscuridad… 
Todo lo que podía haber leído de Kinshasa preparando el viaje no tenía nada que ver con lo que he visto cada día delante de mis ojos. Cuando hablaba con mi gente no podía explicar el olor a África, el olor a humo, el color del cielo, la textura de las calles, el polvo de los pies… era como vivir en un documental de los de la tele. 
Para mí era la primera vez que viajaba fuera, tan lejos y tanto tiempo y puedo decir que un cachito de mí lo he dejado en el Congo. 
 
¡El trabajo con los niños fue increíble! Por las mañanas estábamos con los pequeños, de 6 a 9 años, y por las tardes con los más grandes de 10 a 12. Les recibíamos con canciones y todos participaban con entusiasmo en las actividades. Teníamos una hora más formal de matemáticas, francés… y otra hora más lúdica : trabajos manuales, juegos, teatro… 
En ocasiones resultaba difícil adaptarse a la forma de hacer de allí: otra cultura, otro idioma, otra mentalidad y por supuesto distinta pedagogía, distinta educación. A mí además me perseguía otra barrera: el idioma. El idioma oficial es el lingala pero en la comunidad todo el mundo hablaba francés y al principio resultaba dificilísimo podernos entender. Poco a poco te das cuenta de que existen muchos más lenguajes que hacen posible la comunicación: el lenguaje de las miradas, de las sonrisas, de los gestos, de los abrazos, el lenguaje de la música, del juego, del querer… todo era más fácil así. Tanto los niños como las hermanitas congoleñas hacían esfuerzo por entenderme, para que les entendiera, para que me sintiera bien, acogida, y con creces lo consiguieron.
 
Las diferencias entre nosotros eran obvias: el color de la piel y el pelo eran solo algunas de ellas, pero la forma de pensar también. En ocasiones pensaba que aunque habláramos el mismo idioma tampoco llegaríamos a entendernos pues teníamos conceptos distintos en la cabeza y esa diferencia ha sido la riqueza de todo el campo de trabajo. 
La vida en comunidad con las hermanitas me ha hecho también abrir los ojos a nuevos horizontes, ha sido un aprender constante. Lo he dicho varias veces y me reafirmó: “están hechas de otra pasta”. Me ha asombrado su cercanía, su comprensión, su paciencia, su cariño, su acogida, sin apenas conocernos ya formábamos parte de su familia. Por las mañanas la oración nos levantaba para acompañarnos durante el día. Íbamos a misa, hacíamos las tareas de la casa y luego a la escuela, donde nos recibían las sonrisas más sinceras de todo Kinshasa. 
Los niños de allí también son especiales. Como digo, apenas les entendía, sin embargo, eso lo hacía aún más bonito. Sabiendo que no les iba a comprender venían buscando complicidad y creo que en mi juventud y cercanía también demandaban cariño. En la escuela buscaban un lugar donde ser niños, donde aprender como niños, jugar como niños, colorear como niños y olvidarse por un momento de las responsabilidades de los mayores. Las niñas que tenían que cuidar de los hermanitos pequeños los traían a la escuela para no tener que faltar. Eso a mí me daba mucho que pensar… aquí cualquier niño se vuelve loco por faltar a clase un día… allí se volvían locos por poder estar en el colegio, incluso al terminar la escuela teníamos que “echarles” a la “maison” porque no había quien los sacara de aquel coche de juguete donde todos se subían a la vez. Son cosas que te hacen pensar. 
 
No tuve ocasión de preguntarles qué les gustaría ser de mayor… futbolistas, astronautas, bailarinas, artistas, escritores pero… ¿Cómo estudiar si la educación pública no funciona? ¿Cómo ser escritores si nadie les enseña las vocales? ¿Cómo ser bailarinas si pasan hambre? La realidad de allí es otra realidad…
 
 Visitamos también varios proyectos de otras congrega-ciones: un centro de salud mental, un centro de discapacidad y un centro para refugiar y reinsertar en sus propias familias a los niños de la calle y niños soldados. Como estudiante de Magisterio Infantil, la situación de los niños es la que más me ha impactado, con la que más he sufrido, la que más me ha “tocado”. Tengo en la cabeza cada una de las miradas de los pequeños del cole, de los mayores, algunas miradas que tuve la ocasión de cruzar con los niños de la calle, los niños soldados y tengo en el corazón todas sus capacidades, todo su potencial, todo su entusiasmo, su cariño, y también la duda acerca de su futuro. ¡Hay tantas cosas que hacer allí…!
Termino con una reflexión de Eduardo Galeano que me acompaña estos días y que hago mía, nuestra misión allí ha sido algo chiquitito… No ha acabado con la pobreza, no ha sacado del subdesarrollo, no ha socializado los medios de producción de cambio, no ha expropiado las cuevas de Allí Babá… Pero han desencadenado la alegría de hacer y la han traducido en actos. Y al fin y al cabo actuar sobre la realidad y cambiarla aunque sea un poquito, es la única manera de probar que la realidad es transformable.
 
Hermana Ana