Nueva-Zelanda - De vuelta a casa

Hay un antiguo adagio que dice que “donde está tu corazón allí es tu casa”; pues bien intentando escoger entre mis ideas para empezar este texto, me he dado cuenta que mi corazón está todavía en el campo de refugiados de Dzaleka en Malawi, y que hará falta mucho tiempo para repatriarlo.
 
La segunda razón es que he tomado conciencia, por las conversaciones que he podido oír a lo largo de los años, que la gente se forma una idea particular de los campos de refugiados; los imaginan como tiendas alineadas en un llano desnudo y árido cerca de una zona siniestrada, en algún lugar del mundo en vías de desarrollo. Esto es cierto en algunas situaciones de urgencia. Pero el campo de Dzaleka en Malawi es más que una colonia de refugiados y me gustaría decir un poco más sobre ello.
 
Dzaleka
 
Existe toda suerte de campos de refugiados y de colonias, que en su mayoría están en países en vías de desarrollo. El campo de Dzaleka es considerado mediano, puesto que está compuesto por 15.000 habitantes; es el único campo de refugiados de Malawi y los que llegan pidiendo auxilio están obligados a vivir allí. Otros países como el Pakistán o Kenia tienen campos mucho más importantes: por ejemplo existe uno en Kenia que acoge a más de 250.000 habitantes. 
 
Dejadme describiros Dzaleka. Primero sus ocupantes: se cuentan 11 nacionalidades distintas en el campo, pero los tres grupos más importantes provienen de la Republica Democrática del Congo, de Ruanda y de Burundi. La lengua más hablada es el swahili. Incluso si el francés, el inglés y varias lenguas locales se hablan también. Todavía hay algunas personas que siguen viviendo en Dzaleka desde su apertura en 1994.
La medida del campo es de 202 hectáreas: en otro tiempo fue una prisión política, situada en una llanura a 45 kilómetros al noreste de Lilongwe, la capital de Malawi. Es un campo abierto, es por lo que no hay guardias ni barreras, como puede haber en otros campos. De todas maneras los ocupantes deben tener un pase otorgado por el administrador del campo para poder salir.
 
Como veis en las fotos, la gente vive en cobijos hechos con ladrillos de adobe y con techos de rastrojos, el suelo lo más a menudo es de tierra batida; no hay calles pavimentadas, pero sí una calle principal donde uno encuentra chozas en las que venden productos de primera necesidad. Hay también bares y restaurantes, incluso (por lo que se dice) lugares que ofrecen actividades menos lícitas. 
 
El HCR (Alto Comisariado de las Naciones Unidas para Refugiados) que es la entidad que engloba el conjunto del campo, es responsable de su protección, de la reinstalación, del financiamiento y del control de las actividades de aquellos que cuidan de la ejecución.
 
En Dzaleka, se cuenta con cuatro encargados de ejecución y con dos encargados de cooperación.
 
El Ministerio del Interior malawita es responsable de la administración del campo, a saber: la seguridad del campo y el puesto de policía, el alquiler de terrenos para la construcción de las cabañas y la distribución del ‘status’ (ante alguien que pide asilo adoptar la decisión de si tiene derecho al status de refugiado). Más de la mitad de los refugiados del campo no tiene status de refugiado. En casos raros y por razones graves, puede retirarse el status por el gobierno de Malawi, según la ley internacional sobre refugiados.
El Ministerio malawita de Sanidad gestiona la Clínica del campo y la maternidad, y reenvía los pacientes hacia otros servicios sanitarios como hospitales, optometrista, servicios para discapacitados, y vela para que los niños sean vacunados. Además es responsable de la higiene del campo así como de la construcción de letrinas y de fosas de desechos. Por medio de la clínica, a personas vulnerables como victimas del sida, mujeres encinta, personas mayores o discapacitados, se les aporta una ayuda alimenticia.
La Cruz Roja de Malawi distribuye raciones de alimentos proporcionados por el PAM (Programa Alimentario Mundial), materiales para la construcción y la reparación de las cabañas. Asegura también actividades para los jóvenes, se ocupa de la reagrupación familiar, de las visitas a los prisioneros, y de las gestiones necesarias ante el fallecimiento de un refugiado.
El servicio Jesuita de refugiados (JRS) es responsable de la educación de niños y adultos, y ofrece apoyo psicológico a personas traumatizadas. 
 
Entre mayo del 2007 y enero del 2013, trabajé como directora nacional de Malawi para la JRS. Esta experiencia ha sido para mí fantástica y muy enriquecedora, y por nada del mundo me la hubiera perdido. Trabajar para la JRS ha sido un privilegio, y guardaré siempre un lugar en mi corazón para la JRS y los refugiados.
 
A finales del mes de enero me esperaba un nuevo desafío: dejar a mis amigos y colegas de Malawi para venir a vivir a Nueva-Zelanda después de haber pasado 20 años en África. Como es normal yo estaba triste por tener que dejar a mis amigos que no tenían otra elección más que quedarse y que no saben cuál será su futuro, pero también sabía que lo había hecho lo mejor que podía y que era tiempo de pasar el testigo a otro que tuviera nuevas ideas y nueva energía.
 
Cuando vivía en Malawi, residía en las Hermanas Medical Missionaries of Mary y he vivido en comunidad con ellas durante cinco años y medio. Su generosidad y amabilidad son verdaderamente fraternales. Lo que hubiera podido ser una experiencia de aislamiento se convirtió en una experiencia de comunidad y de compartir. En el 2012, las hermanas hicieron una peregrinación hacia el norte de Malawi para celebrar sus 50 años en el país y 75 desde la fundación de su Congregación por Hermana Mary Martin. Estoy muy contenta por haber podido hacer esta peregrinación con ellas y constatar cómo se alegraba la gente al recibirlas y les manifestaban tantas muestras de respeto. Esto fue ocasión de rastrear la historia de la fundación del hospital St. John en Mzuzu (la ciudad principal del norte) y de la clínica en Nkata Bay, y de la evolución que se generó a partir de estas iniciativas, como la escuela de formación de enfermería y los servicios para huérfanos.
 
Y ahora aquí estoy en mi país natal, un poco apenada por haber perdido el ritmo cotidiano que viví durante más de cinco años. Los magníficos cantos de la misa a las seis de la mañana, el transporte en camioneta para ir al campo con los voluntarios y el personal, las risas y a veces las lágrimas compartidas. La importancia de las estaciones de la naturaleza; ¿Hoy va a llover, o van a morir de hambre cientos de personas, como sucedió hace algunos años cuando se perdió la cosecha de maíz? ¡Los mangos madurarán antes de Navidad, que alegría! Y sobre todo pienso en los refugiados cuya supervivencia va más allá de toda comprensión. Angelina, en la que la cara y el cuerpo mutilados testimonian el horror: acuchillada a golpes de machete por la milicia que sólo la dejó con vida para que se ocupase de dos bebés cuyos padres habían sido decapitados por esos mismos militares. ¡Vosotros todos los que habéis huido de los horrores de la guerra, de la cárcel, del hambre, de la violación y la mutilación para hallar la paz en un Malawi empobrecido, contáis con mi respeto y admiración!
 
¿Qué ha supuesto volver a casa? A lo largo de mi último año en Malawi, cada vez más sentía que era el momento de marchar. Comprendo lo que significa volver a casa. Amigos y miembros de la propia familia han muerto, y yo no estaba para llorarlos. Hay nuevos vestidos en los almacenes, y yo no he sentido tanta frialdad desde hace varios años. La gente ve en mí la misma Michelle que dejó Nueva-Zelanda en 1991, pero yo no soy la misma persona y ellos tampoco. Mientras, he visto horrores y miserias que me cuesta comprender. Me pregunto por qué la raza humana tiene esta tendencia a infligir sufrimientos a sus semejantes. ¿Por qué no recurrimos más a la amabilidad, a la compasión, a la tolerancia? Hay algunas cosas que son prioritarias aquí, pero que a mí no me parecen tan importantes, y otras cosas que deseo compartir, pero que no despiertan interés en los demás. Poco a poco tomo conciencia que hará falta tiempo para retomar contacto, y todavía tengo un poco de miedo de no llegar a conseguirlo.
 
Numerosos religiosos expatriados, entre ellos algunas de nuestras hermanas, han compartido ya que ellos también tienen la impresión que nadie se interesa por su vida y su misión, despertando en ellos un sentimiento de separación y de aislamiento. Esto me parece muy triste. Seguro que hay un medio de regocijarse de las experiencias de unos y de otros. Las pocas personas que expresan interés por la misión de Malawi son ellas mismas antiguas misioneras. Dentro de algunos meses seguiré un seminario para misioneras que han vuelto a casa, espero que esto me ayude a adaptarme a la vida de este hermoso país que es Nueva-Zelanda.
 
Hermana Michelle, Hermanita de la Asunción