TESTIMONIO - Me atrevo a decir «nuestros fundadores» / Testimonio de Roger Malenfant

Escribo estas líneas no como un experto, sino como un creyente laico que ha sido alcanzado en el corazón de su fe. Testimonio de Roger Malenfant sobre las Hermanitas de la Asunción

Me atrevo a asumir el desafío de interpretar el pensamiento de Étienne Pernet y de captar el don de sí que hizo Antoinette Fage, de comprenderlos en sus intuiciones, teniendo en cuenta las realidades de su época, penetrando en sus corazones y en su intimidad, visitando las experiencias que los han modelado. Incluso me arriesgo a tender un puente entre ayer y hoy, para exponer la vivacidad de sus intuiciones, la pasión y el aliento que los animaron y que nos inspiran, en una solidaridad que todavía irá más lejos, que echará raíces en una fraternidad, que lleve en sí el amor al otro, con la preocupación de apoyo y dignidad mutua. Este espíritu de gran familia se expresará mediante una acción común « Hermanitas y Laicos. » La inspiración derramada en los corazones de los fundadores, se convierte en una respuesta ineludible, que rompe las divisiones de las clases sociales, suprime las fronteras insolentes, disloca las cadenas que impiden la libertad necesaria para construir un mundo mejor.
 
Ricos o pobres, Étienne nos sitúa ante las exigencias de nuestra vida de cristiano, favoreciendo el encuentro con gestos que abren el diálogo de corazón a corazón entre las personas humana. En esto, la visión de Étienne y las realizaciones de Antoinette hacen que esta congregación sea única. 
 
Al comienzo de su fundación, se decía que era « una pequeña obra », que respondía a las necesidades de los enfermos pobres y necesitados, « Primeras cuidadoras de los pobres a domicilio. » Un gran desafío social: entrar en la intimidad de la familia a domicilio. Id allí donde podáis estar en el meollo de la necesidad. Estar con ellos, entre ellos, ir hacia ellos..., estas actitudes que encontramos en Jesús, a lo largo de su recorrido jalonado de encuentros, miradas, contactos, atenciones. Es más que una intervención médica: es detenerse para comprender el sufrimiento y la necesidad de los demás. Es optar por derramar la ternura del Padre en medio de la miseria. Esta iniciativa -fundación en 1865 – solo será el comienzo de una respuesta. El gesto de cuidar el cuerpo, ayudar a hacer la limpieza, iluminará la necesidad del después, « la angustia del mañana. » Uno acaba por darse cuenta de que había algo mucho más profundo que contaminaba todo el sentido de la vida de los más desprovistos, un sentimiento que degradaba a la persona, dándole la impresión de no contar para nada, de no ser nada, perdido en la masa humana al servicio de los poderosos. La pérdida profunda de su dignidad humana – « el mal del obrero », decía Étienne – correspondería al mal vivir en nuestras sociedades actuales. La situación ha cambiado en algunos países: la intervención a domicilio ha sido asumida por los servicios sociales, pero el malestar continúa muy arraigado en lo cotidiano en muchos lugares de nuestro mundo.
 
Si queremos continuar la misión iniciada hace 150 años, es necesario que hoy valoremos la fraternidad. Si el ser humano de aquí o de allá, me preocupa por lo que vive, por sus necesidades, sus sufrimientos, su pobreza, su aislamiento y su plenitud, el camino que eligieron Étienne y Antoinette, el del Evangelio, se convierte en mío: « Amaos unos a otros. » - Jn. 13, 34- Preocuparnos por amar a nuestras hermanas. « Ser humildes de corazón y de gestos » - 1 Co, 4,5. – Es el camino de un mismo deseo, vivido con la misma pasión, prodigar el mismo remedio en la acción. La capacidad de comprender el sufrimiento desde el interior, hizo posible que nuestros fundadores, por el don de sí mismos, se convirtieran en signo tangible de esperanza. Este carisma, fruto del Espíritu, fue una respuesta para los más desprovistos y les hizo descubrir un sentido a su miseria, gracias a la escucha, a la mano tendida que propone a los corazones abatidos, una nueva curación, en la que las lágrimas pueden por fin hallar el consuelo. 
 
Para Étienne, la vida tiene necesidad de una cuna para desarrollarse, y la familia es el lugar de crecimiento ideal, que hace posible que cada persona viva, crezca, se levante y camine dignamente entre sus hermanos y hermanas. Es ahí que nacen los sentimientos que se expresan en la vida; es ahí donde el corazón aprende a expresar el amor, inspirándose en los ejemplos de compromiso de los que es testigo y que experimenta. Los valores, la fe, las tradiciones y la cultura transmitida, se añaden al tejido de la trama social y dan a luz al mundo. En nuestra realidad actual, la familia está en profunda transformación. Vemos aparecer en ella múltiples rostros y numerosos desafíos que la cuestionan. ¿Cómo superar nuestras difíciles experiencias para hacer de ellas una realidad que nos ayude a construirnos? ¿Cómo pueden transformarse nuestras carencias relacionales, en simientes de vida para hoy? Una vez más: la respuesta se encuentra en una familia más amplia, « la fraternidad »; esta agrupación se convierte en un medio que marca la diferencia, mediante gestos concretos más que palabras. La acogida del otr@ va más allá de los lazos de sangre, para hacer posible la superación de las condiciones sociales, de los juicios desfasados. Así se rechazan las barreras de las diferencias y el amor basado en la fraternidad humana y espiritual recobra sus derechos. 
 
Una fraternidad hace posible el desarrollo de la vida con dignidad, suscita la alegría de ser alguien para sus semejantes y permite que cada un@ ocupe su lugar en la familia y en la sociedad. Estar en pie en el camino de su humanidad para seguir construyendo un Pueblo creador del amor de Dios.
 
Roger Malenfant
Casa de Orléans -Montréal –Canadá
14/04/2015
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