Bélgica - Historia de la Fraternidad de Bruselas

La Fraternidad de Bruselas empezó en octubre del 2005 con familias que vivían en el mismo inmueble, y con algunas personas que ya se reunían para orar. Desde el principio, vivió bajo el signo de la interculturalidad. Sobre la veintena de personas que pasaron por ella, podemos enumerar una docena de nacionalidades diferentes, que provenían de distintos países de África y de Europa.

Con ocasión de un encuentro en un grupo de “salir de la violencia”, conocí a Anne-Marie, que conocía a las Hermanitas de la Asunción, porque cuando ella era pequeña sus padres habían formado parte de la Fraternidad en St Gilles, barrio de Bruselas. Aceptó venir a hablarnos de su experiencia, y cómo ella había vivido aquello. Estuvo marcada por la oración de una Hermanita que ha conservado y aportado:
 
“Mira… yo sé que tú tienes mil y una razones para desesperar, pero quisiera gritarte que hay también mil y una razones para esperar. No dejes que tu corazón se deje ganar por las mareas negras de malas noticias. Para cambiar el mundo, hace falta, ante todo, cambiar la mirada. Mira a tu alrededor y recoge cada día, en lo cotidiano, las mil y una flores de esperanza.” 
 
A diferencia de Francia, Bélgica siempre ha continuado con los encuentros de Fraternidad. Dos matrimonios han sido los impulsores: A y M, C y A.
 
En el grupo de Bruselas, las personas se llamaban unas a otras. Desde el inicio nosotras les hablamos de la carta de la Fraternidad, y cada uno se expresaba sobre la manera en que se sentía interpelado. Añadimos algunos flashs:
 
Hoy como ayer la Fraternidad es un lugar de escucha y de palabra que permite a cada uno acogerse tal cual es y expresarse con libertad, ser llamado por su nombre en el respeto mutuo, y donde tiene derecho a la diferencia y a la fragilidad.
 
“La fragilidad es un término que me impresiona. Mientras no conozco el nombre de alguien, me siento frágil. Me gusta orar en silencio, y pronunciar el nombre de aquellos y aquellas a los que conozco.”
 
“A menudo somos demasiado severos los unos con los otros. Saber tener en cuenta la fragilidad del otro y nuestra propia fragilidad.”
 
Un lugar donde sentirse menos solo en una sociedad de exclusión, caminando y progresando juntos en el apoyo mutuo, donde ayudarse, donde hallar sentido y esperanza a su vida.
 
“Pienso en un señor a quien yo veo como creyente, aunque él no lo diga. Sólo dice: Yo salgo todos los días, seguro de que me encontraré con gente y que les sonreiré.”
 
A lo largo de estos años hemos compartido muchos acontecimientos: nacimientos, defunciones, alegrías y penas, la bendición de una casa, la marcha a Canadá de un miembro del grupo que había pedido oración, el bautizo de Emilie, vivido en Fraternidad y el de Arthur. La vuelta de vacaciones en los países de origen: Congo, Perú, Portugal. También la participación en varios encuentros internacionales: Nevers, Lourdes, París y Roma.
 
Muchas veces nos hemos abierto más ampliamente a simpatizantes, a menudo en Navidades, a partir de personas que nos decían:
- “Me gustaría celebrar Navidad con gente que cree” o
- “Estoy en búsqueda, tengo deseos de asistir, esto me interesa.”
 
Últimamente, tuvimos un intercambio sobre el duelo en las diferentes culturas. He aquí algunos ecos:
 
M. nos habla de su vecina italiana. Murió su marido y ‘M’ no se entera y eso que vive justo en frente de su casa en el mismo rellano. Vio un enorme féretro en el inmueble y los vecinos reaccionaron negativamente diciendo que había allí niños y que el féretro les iba a dar miedo. Ella no sabía cómo reaccionar frente al duelo del marido de su vecina pues no sabía muy bien qué es lo que debía hacer. En África, cuando alguien muere, se va a dar el pésame.
 
Finalmente, se decidió a ir y llamar a la puerta de su vecina. Se asombró de que la mujer estuviera sola, con su marido en la habitación contigua. En África, no se deja a la viuda sola, siempre hay alguien con ella.
 
Esta historia la afectó mucho. No dijo nada a los vecinos del inmueble por miedo a que se extrañaran.
 
A. dice que es raro que la gente del inmueble que vieron el féretro con oposición no se interesaran por saber lo que pasaba, nos olvidamos de la persona que sufre. Hay que llegar a la persona, ¡hay que atreverse a la fraternidad!
 
M. explica que aquí, en Bélgica, los africanos cambian también. Se adaptan a las buenas y las malas costumbres de Europa y pierden su riqueza y su solidaridad, tan preciosa. En su país cuando una persona vive un duelo, se permanece cerca de ella durante un mes. Aquí, en Bélgica, esta cuestión nos devuelve hacia el tema del “Osar”. Se nos plantea el interrogante de saber lo que el otro quiere si él es de otra cultura.
 
M. subraya el hecho de que en Bélgica, hay que telefonear antes de ir a ver a la persona afectada.
 
E., en su trabajo conoció a una persona cuya hija murió en el viaje de novios a los 33 años. La habitación ha quedado tal como la novia la había dejado, hace ya años. En África, cada uno coge su estera y se va a dormir a la casa donde está el difunto (40 días para la familia, 3 días para los desconocidos).
 
Los occidentales lloran, nosotros los africanos, nos reímos. El africano se endurece, el muere por dentro; en la defunción de una persona de más de 95 años, se canta, se baila, se salta.
 
Si alguien muere, y en la familia hay un recién nacido a este se le da el nombre del muerto. Se para el duelo cuando hay un nacimiento. En África no puede hacerse un duelo en la intimidad.
 
En el Perú y en Portugal, se critica al que no llora. Esto me extraña, aquí en Bélgica, muere alguien y no te enteras. Se aparta a los niños. En África, cuando hay una defunción se prepara comida, algunas veces hasta para 250 personas. Es la solidaridad la que prima.
 
No hay más que una sola manera de vivir el duelo: pedir una misa, salir al encuentro de las personas…
 
Después de esta reflexión, vivimos la muerte de la mamá de Y, miembro del grupo. Habíamos decidido que aquel domingo iríamos a casa de ella para empezar el año con una cena, para la que cada uno aportaría algo y después continuar con la reunión mensual.
 
En la misa del domingo nos enteramos de la muerte de la mamá. Había sido hospitalizada la víspera y murió durante la noche. ¿Qué hacer?: 3 ó 4 miembros del grupo estaban presentes. ¿Hay que ir a verla como se hace en algunas culturas, o ir a casa de las Hermanitas donde hay sitio para acoger a la decena de miembros previstos? No se puede dejar para otro día porque cada uno ya ha preparado algo. S. insiste en esta última solución. La comunidad presente tarda en decidirse. Hay que ponerse de acuerdo…
 
Al final el encuentro y la cena se harán en nuestra casa, en plan rápido, implicando algo de organización para la mesa y la sala de estar, pero sin modificar los proyectos de las que no participan en la reunión, y habiendo previsto, después de la cena, hacer el recorrido de los B.D. de Bruselas.
 
Sin embargo queríamos juntarnos de nuevo para acompañar a ‘Y’, pero fue difícil. Cada uno tiene su vida personal: trabajo, familia, compromisos… finalmente organizamos una oración en la comunidad. Éramos 10, haciendo cada uno el esfuerzo para estar a las 18.30h, para algunos después de una jornada de trabajo.
 
M. deseaba que añadiéramos a la preparación de la oración la recitación del credo para decir: “Creo en la resurrección de la carne, en la vida eterna.”
 
Marchamos llenos de esperanza hacia el Encuentro internacional que va a tener lugar en Bruselas del 8 al 11 de mayo del 2014. Esperamos 120 delegados de Francia, Italia y Bélgica, trataremos el tema:
 
“Juntos, profundizar nuestra fe, vivida según el espíritu de Esteban Pernet y de Antoinette Fage, para dialogar con el mundo de hoy”
 
 
 
La comunidad H.A. de Bruselas
12/05/2014
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