Asunción : el 15 de agosto 2014

La Asunción de María es la fiesta que confirma nuestra esperanza cristiana. Seamos sembradoras de alegría y de esperanza.

« No tengan hacia la Virgen María una devoción mezquina, sentimental, Individualista; ensanchen sus corazones y mediten los grandes misterios que se han cumplido en ella. » E. Pernet, 18 de agosto de 1889

« Lo que debemos pedir a la Santísima Virgen, ante todo y por encima de todo es que nos obtenga una fe invencible y cada vez más viva en Nuestro Señor para que reine en nuestros espíritus y en nuestros corazones. » E. Pernet 1895
 
Recogiendo estas dos ‘consignas’ expresadas con pocos años de intervalo, recibimos de Etienne Pernet una llamada a vivir con espíritu amplio y unidad de corazón. Es la experiencia misma de María, como una sola trayectoria. Vuelta hacia su Dios, acogió todas las llamadas que transformaron su vida. Mujer joven de Nazaret, su primer consentimiento a la palabra del ángel tuvo por consecuencia la maternidad: trans-formación de su cuerpo, apertura a la vida, don de la vida. De etapa en etapa hasta la cruz y el nacimiento de la Iglesia, ella fue « esa Tierra » que se dejó modelar para que la esperanza de Israel y el proyecto de Dios se realizaran.
 
¿No es para nosotras, un tiempo de mirar a María y aprender a su lado esta disponibilidad y esta audacia que nos pide el período que atravesamos en la historia de la Congregación?
 
En Consejo general, estamos asombradas por el consen-timiento que se vive en cada país y en cada Territorio, en un acto de fe para abrirse a este cambio de estructuras, siguiendo a las que también vivieron muchos otros cambios. Es evidente que experimentamos el precio a pagar. Percibimos los riesgos, sentimos los desprendimientos y las transformaciones de pensamiento que supone el hecho de tomar cada una nuestro lugar en esta animación participativa que hay que inventar o vivir a fondo muy sencillamente. Es el proyecto del Capítulo. Es la misión de hoy.
 
Lytta Bassé, pastora, en su libro « Alba », nos ofrece una página luminosa de María:
« Si en este día poco ordinario de bodas terrestres cargadas de eternidad, Jesús toma el lugar del esposo multiplicando el vino, ¿No es porque María lo despertó a lo más precioso que llevaba en El? ¿Acaso no nombró ella lo que escuchaba en sus profundidades – que había sido enviado para colmar a los humanos con su Presencia? Esta es quizás la vocación de María, más discípula que todos los discípulos porque sabía suscitar en El lo que estaba llamado a ser. Es a un ser humano, a una mujer, una semejante, a quien se dirige Jesús en el momento en que la palabra de María lo abrió a su propio porvenir: « Mujer ¿Qué nos va a ti y a mí? », ¿Que ocurre para que me concierna y a la vez te concierna a ti? »
 
Detengámonos algunos instantes en estos dos rasgos que vivió María: María suscitó en el otro la respuesta que llevaba profundamente en sí. ¿No es lo que estamos llamadas a vivir cuando expresamos que llegamos a ser unas por las otras? ¿Cuando deseamos construir una casa común que sea el fruto de nuestras trans-formaciones recíprocas? ¿Cómo realizarlo, sino teniendo este corazón que escucha, que sabe reconocer lo mejor del otro y le permite realizarlo? Es con esta condición que viviremos en comunidad con « un solo corazón y una sola alma tendidos hacia Dios. »
 
Y con esta actitud, María se convirtió en discípula más que todos los discípulos. Discípula y apóstol según lo que expresaba el Padre J.-L. Souletie en su homilía:
 
¿Qué es ser apóstol?
El apóstol se alegra viendo todo lo que ya está hecho en tal o cual campo de misión. ¿Somos sembrador@s de Vida o aguafiestas? ¿Sabemos acoger la novedad de Dios en las situaciones más humildes o más discretas?
El apóstol no trabaja nunca solo. Siempre son enviados de dos en dos. Y regresan juntos llenos de alegría. La misión requiere que trabajemos junt@s, que nuestros proyectos comunitarios nos hagan más solidarias unas de otras e creativas para construir con otr@s.
 
El apóstol ofrece la paz que no tiene, porque la recibe. Para recibir esta paz, jamás repetiremos bastante la importancia de la oración. Inscribir en la agenda de cada día este tiempo personal que nos hace estar humildemente ante Nuestro Dios, reconociendo que todo lo recibimos de Él, nos transforma en mujeres de confianza en el porvenir y capaces de reconocer las huellas de la vida de Dios en l@s demás.
 
Así « la alegría del Evangelio llena el corazón y toda la vida de l@s que encuentran a Jesús. L@s que se dejan salvar por El son liberad@s del pecado, de la tristeza, del vacío interior y del aislamiento. Con Jesucristo la alegría nace y renace siempre. » (Exhortación apostólica Evangelii gaudium, n.1) « La Virgen María tuvo una experiencia muy particular de este encuentro con Jesús y se convirtió en ‘causa nostrae laetitiae .’ Por el contrario, los discí¬pulos recibieron la llamada a permanecer con Jesús y a ser enviados por El, para evangelizar (cf. Mc 3,14) y también fueron colmados de alegría. ¿Porqué no entramos también nosotras en este corriente de alegría? (Jornada Mundial Misionera, Papa Francisco)
 
Cantando el Magnificat, acordémonos hoy de quién es nuestro Dios, El que levanta a los humildes y pone su confianza en su pueblo. La Asunción de María es la fiesta que confirma nuestra esperanza cristiana. Seamos sembradoras de alegría y de esperanza.
 
Buena fiesta a cada una con toda nuestra fraternidad.
 
Las Consejeras generales
10/08/2014
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